DE TEHERANGELES A DUBAI (DIARIOS DE DUBAI)

Justo antes de que Dubái fuera atacada, estuve unos días en la ciudad a mi vuelta desde El Cairo, mi hogar durante más de un mes mientras terminaba mi novela. En la capital egipcia, cuando no trabajaba, me dediqué a caminar por sus calles y conocer a sus gentes, al abrirme paso por mercados, museos y mezquitas hasta que mis pies no dieron más de sí. Agotado cada noche, disfruté en la azotea con mi casero, admirar ese sol rojo teja, que poco a poco se escondía entre las pirámides mientras disfrutamos sentados de su música electrónica increible; toda una fantasía.

Sin duda, intenté exprimir todas las posibilidades que, la ciudad más grande de Oriente Medio (23.5 millones de habitantes), puso a mi disposición. No monté en camello, pero visité los hammanes, recé en más de treinta mezquitas (por pura meditación), me colé en bibliotecas y salas de estudio de todo tipo, y viajé por la región para estudiar todo lo posible la historia del país. Ocasionalmente asistía (menos de lo que me hubiera gustado) a encuentros locales para mezclarme e interactuar, mayoritariamente con expatriados. Me resultó muy difícil conectar con los nacionales, a pesar de que cada día me sentaba solo en los cafés —entre caladas de shisha que se mezclaban a la perfección con el bramante humo de la ciudad— para escribir sobre mi experiencia de acercarme, aunque fuera un poco, al mundo árabe. Diría que el idioma fue una gran barrera, pero también que la cultura no está expuesta a esa participación; a generar una interacción no transaccional entre el mundo local y el extranjero.

Cuando mi sueño egipcio llegaba a su fin, mi buen amigo palestino me invitó a hacer una parada en Dubái y quedarme en su casa unos días, ya que estábamos geográficamente cerca(nos) y no nos habíamos visto en años. Volé sobre el Mar Rojo y la Península Arábiga para pasar un tiempo juntos en su hermosa casa con vistas sobre el canal. Atrás dejé esas calles sucias y arenosas de Guiza —donde se mezclaban los aromas de camellos junto al recién horneado pan baladi — por un laberinto estéril de hormigón armado en ese “cinturón Hermes” del Golfo Arábigo. Cambié el claxon constante y un tráfico interminable por el rugido eventual de superdeportivos que zumbaban en un flujo —en su mayoría— orquestado y funcional. De la llamada a la oración de mezquitas caseras del Cairo —resonando por cada esquina como un estornudo espiritual — a la presencia casi invisible…

ESTE ES UN FRAGMENTO DE LOS DIARIOS DE DUBAI “DE TEHERÁNGELES A DUBAI”

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Transformación urbana de un paisaje desértico y en construcción a una ciudad moderna con altos edificios y calles llenas de tráfico