POESIA

I

¿Huele el pescado a mar

o huele el mar a pescado?

¿Sabe dulce un postre

o sabe a postre un dulce?

¿Suenan las palmas a aplausos

o suenan los aplausos a palmas?

¿Juega con el viento el pájaro

o juega con el pájaro el viento?

II El último vagón

Cuenta el rumor de chilangos,

de lenguas viejas y chismosas,

 de gentes ajenas al credo,

que no entienden esta historia,

que el último vagón, al final del suburbano

es el vagón de los nuestros, es el vagón rosado.

Un vagon descarrilado que merced del infortunio de aquellos

cuyo brillo nunca más fue de plata.

Aquellos en los que el brillo de su verdad

se había poco a poco apagado.

En este vagón libertino,

En un tren profanado

 los secretos viajan rapidamente por la ciudad de lado a lado.

Algunos más conocidos,

otros se esconden furtivos

 deambulan auxiliados por ese vagón hechizado

este es

El vagón de los enagenados.

Es sábado noche en la ciudad de México.

 Atraído por los chismes,

por el cuento,

por mi curiosidad,

decido tomar el metro en busca de la verdad.

Queriendo sumergirme en las profundidades de la ciudad

y experimentando los lúgubres pasillos de las tinieblas

secretas bajo los pies de la urbe.

Camino nervioso, inconsciente.

 Sintiéndome de alguna forma expuesto.

Señalado con el dedo.

 Camino por el andén y las gentes me miran, me siguen.

 Camino por el como si en un burdel de tuberculosos me encontrase.

Avisto un par de mariposas.

Volando al final del túnel, donde la luz también se esconde.

Pero ellas vuelan inquietas.

Ante la vibración del tren que viene, se alborotan.

 Se codean.

Siento mis alas marchitas, mis pies flotando sinceras,

me elevo poco a poco en el aire y observo la primavera.

El tren se acerca despacio, llega con fuerza intensa.

Pronto se para el tiempo, el espacio se congela.

Se abren las puertas del cielo, todas entran en marea.

Todas coquetas ilusas. Todas siguiendo la niebla.

Entro a oscuras cegado

por el brillo de sus lenguas.

 Entro al vagón de la plata,

 pronto el tren se acelera.

 Quieto, me siento, me enrosco

en el taburete sin cetro.

 Todas las reinas sentadas.

 Todos los ojos de alteran.

Es inquietante la escena.

Ese tren del cuenta cuentos es ahora mi arboleda.

Viajo sumido en el miedo,

por los túneles de la ciénaga.

Todos unidos cantamos.

 Todos unidos en vela.

La noche pasa deprisa.

 Los trenes se desaceleraren.

La noche de vuelve rosa.

 Y el tren volando se aleja.

Sube alto a un falso Olimpio.

Donde la vida florea

Las flores y mariposas.

Todas vuelan cuál cometas.

Cantan y cantan en coro.

Las luciérnagas de cera

Tocan sus cuerpos celestes. Finalmente allí se besan.

El sudor baja cual cauce

Por los cuerpos cual estrellas

Cubren la noche brillante

Llenan de plata la esfera

Culminan pronto sumidas

En un canto de sirena

Proclaman el su reinado. Todas poco a poco jadean

Agotadas, satisfechas.

Pronto el tren suena campanas

El luto pronto apodera la noche con la mañana.

Pronto avistamos El Paso

El túnel de piedras negras

En al estación de Hidalgo

Como un flash así despierta

Se abren las puertas de metro

Todo de pronto se entierra

Todo sigue bajo el fango

Juntos a los restos aztecas

Salgo aturdido del barco

Abro con fuerza mis ojos

Camino hacia la salida

Todo se tiñe de rojo.

En la estación de zapata

sigo yo algo oneroso

Pero feliz sin protesta

pues vivi aquella leyenda

Ahora podre hacerme el loco

Cuando escuché aquellas lenguas

Que difaman el secreto

Que nos mantiene en esencia

Como un pueblo de inframundo

Como una clase traspuesta

Y aunque nos juzguen profanos

Y castiguen nuestra esencia

Seguiremos tiñendo el mundo

De rosados y magentas