Lola
E: ¿Cómo era la Ciudad de México cuando creciste?
Lola: Era lindo, fíjate. Vivíamos en una casa muy sencilla. Mis papás eran gente sencilla y yo nací muy libre. Ellos no se dieron cuenta de que iban a tener una niña muy libre. Y aparte creo que fui concebida por una bebida que se llama pulque; muy mexicana, la que tomaban los indígenas. El pulque es una bebida blanca, lechosa, que sale del maguey. De niña iba a una escuela preciosa de gobierno que se llamaba, y se llama todavía, Basilio Vadillo. Tenía una amiga con la que sigo siendo amiga desde hace 70 o 73 años; era bien chiflada como yo. Las dos brincábamos y salíamos. En el columpio nos teníamos que amarrar la falda con el suéter para que no se nos vieran los calzones. Me llamaban “La beisbolista fenómena” porque jugaba béisbol y volaba las pelotas afuera de la escuela. Mis hijas no me creen, pero tengo a mis amigas de la escuela que se lo han platicado.
E: ¿Estaba más arraigado el folklore mexicano en la cultura?
Lola: Pues fíjate que no. Mi mamá hablaba otomí y mi abuelita también era otomí. Mi abuelito ya era blanco, ya tenía “piquete de blanco” (se ríe) y ojos medios claros. Mi abuelita sí era morenaza, con pómulos de indígena, y ellas usaban mucho el rebozo. Había una falda que se llamaba enredo, pero ellas le decían “chincohete”. Mi mamá sentía que ella no era indígena porque era muy blanca, pero tenía el piquete de indígena. Es más, a mí me daba pena que mi mamá usará rebozo y trenzas. Nunca la vi con trajes típicos, nunca. Yo le decía: “Quítese ese rebozo, que es del pueblo, y quítese esas trenzas”. Y mírame ahora; de veras me encantan las trenzas, el rebozo, me encanta todo. Pero eso fue…
ESTE ES UN FRAGMENTO DE LA ENTREVISTA CON LOLA
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